martes, 8 de marzo de 2016

La bruja recuerda...


                                  ©Carri Angel photography

La mujer camina sola por las veredas escondidas que atraviesan el bosque, las más alejadas de los caminos habituales que transitan las personas y los coches. Aún es temprano y además día de fiesta así que no se ve un alma por los caminos, pero no importa, eso es lo que ella desea, escuchar tan solo sus pasos junto al canto del cuco entre los árboles y las voces de los grajos que advierten del frío. No tiene miedo de la soledad ni del bosque. Nunca ha tenido miedo de las criaturas salvajes ni tampoco de los hombres, aunque sabe bien que las palabras y la indiferencia de éstos hacen más daño que cualquier dentellada o zarpazo de animal hundiéndose en la carne.
No tiene miedo de andar sola; su madre le enseñó a ser una mujer fuerte, no una melindrosa que, por esperar compañía o ayuda, no hiciera lo que tenía que hacer y en el momento en que tuviera que hacerlo.
Busca piñas caídas para encender el fuego y hierbas silvestres para sus guisos. El frío la mantiene sana y alerta, a pesar de la vejez.
Algunos días se cruza en su camino alguien que la reconoce y rehúye con esa mezcla de miedo y admiración ante lo incomprensible. Los pocos forasteros que se pierden por la zona la observan con curiosidad, pero ella no les teme porque hace tiempo que su cuerpo dejó de ser deseable para los hombres y, además, todavía tiene ese brillo salvaje en la mirada que los aleja.
Está acostumbrada a andar sola por la vida. Por eso la llaman la bruja. La bruja. Si supieran lo orgullosa que se siente de que la llamen así, no volverían a hacerlo jamás.

Sí, siempre ha estado sola, porque siempre ha sido libre, porque nadie la ha entendido nunca. La libertad de verdad no la entiende nadie que no sepa vivirla. Ser libre y además hermosa, no se perdona. Tan solo su madre podía verla como era. La madre que la dejaba vagar por los caminos y los bosques, que la enseñaba a ser valerosa e independiente, que le compraba libros que ni siquiera algunos adultos eran capaces de entender, la que la dejaba ser ella y a la vez quiso cultivar. 
La gente murmuraba, la gente siempre murmura cuando no sabe, cuando no entiende; esa madre por dios, que siempre la deja sola, que no la cuida ni la enseña a estar en casa, solo libros y vagabundeos infinitos por el monte. Esa madre, ¿qué clase de madre es? 
Las niñas fueron crueles, dejaron de saludarla, ninguna compartía con ella conversaciones o meriendas ni la acompañaban en las fiestas; los niños fueron desagradables pues la miraban ansiosos, exponiéndose ante ella como ciervos ante la hembra en la época de la berrea. Ella los despreciaba a todos, aunque además de desprecio, también reconocía en su interior algo parecido a la tristeza. La madre nunca supo aquello porque la sabía solitaria y ajena a los demás, como la naturaleza, a veces suave y acogedora, otras como la tempestad o el terremoto, pero libre. Nunca supo de esa soledad horrible y obligada.

Cuando muere la madre, hace ya mucho tiempo que ella está sola por dentro. Aislada como se encuentra, se aleja de los límites que la ahogan buscando lugares nuevos. Escribirá libros con ese nombre que nadie conoce y viajará y tendrá amantes, pero ni marido ni hijos. Empezará a observar tras los cristales de las ventanas de los trenes, de los aviones, de sus casas alrededor del mundo que recorre para conocerlo y conocerse; la vida tras las ventanas de las que saldrá para ocupar el lugar que le corresponde.
Volverá al cabo de los años a su antigua casa, aunque habrá días en los que, mucho antes del amanecer, se la verá caminar hacia la estación de tren llevando una maleta ligera y desaparecerá durante unos días o semanas o meses, en los que nadie sabrá dónde está.

Hoy la mujer camina por las veredas escondidas, piensa en esa joven que ha venido a buscarla desde tan lejos. Ha leído y estudiado sus libros, ha indagado incansable sobre ella, y ha logrado encontrarla al fin. Dice que busca a su maestra, que busca quien la cuide y la enseñe, que la busca a ella. Otra criatura solitaria y abandonada a su suerte. Otra pequeña bruja a la que no puede dejar desvalida.   

La anciana recuerda a su madre a través de las brumas de la memoria, recuerda, con la avidez del moribundo que pretende retener en sus ojos la imagen de lo que amó una vez, los lugares que ella le enseñó, recuerda el latir de la sangre de todas las mujeres que conoció en el transcurso de su vida, y que dejaron semillas en los caminos que ella siguió y abandonó más tarde para seguir los suyos propios, recuerda...

Mira al cielo; jirones de una nube oscura, el vuelo de una tórtola, el viento bailando entre las copas de los árboles. Sabe lo que le dirá a la joven. Le dirá: Cierra los ojos, acalla las voces de fuera, deja que tu corazón te cuente cosas, y solo cuando entiendas la grandeza del cosmos y halles tu lugar en él, solo entonces, encontrarás tu voz y la manera en que los demás podrán escucharla.


Zoraida*


4 comentarios:

  1. Cómo estás, Zoraida.

    Me gustó mucho tu historia.


    Sabes... Es inspiradora.


    Un gusto leerte.

    Que tengas un día formidable.

    ***

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    1. Muchas gracias Remo por tus palabras. Me hace muy feliz saber que algo de lo que escribo pueda inspirar a otras personas. Gracias por navegar en este universo y dejar en él tus pensamientos. Que tengas muy buen día. Un saludo. :))

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  2. Inspiras escritora la mente de los otros

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    1. Mil gracias por tus palabras, me llegan al corazón. Bienvenida a este universo donde espero tenerte a menudo. Un abrazo. :)

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