domingo, 8 de mayo de 2016

Al despertar



Emergió de la nada en la que había estado sumergida desde hacía horas, dentro de un espacio y un tiempo desconocidos. Tuvo que parar un momento y recordar que eran las obligaciones del trabajo las que la había llevado a esa ciudad lejana durante apenas dos días. La envolvía una somnolencia ligera y deliciosa que hacía mucho que necesitaba y no lograba obtener por un insomnio pertinaz que la dejaba agotada. Pero algo más había sucedido aquella mañana. Un sueño. Había soñado algo que no lograba recordar, porque a pesar del descanso, notaba en el fondo de sí misma una tristeza profunda que ya la acompañaría el resto del día. Abrió las ventanas de aquel lugar desconocido, excesivamente pulcro y silencioso, y, todavía desnuda, dejó que el sol la calentara haciéndola sentir un poco menos solitaria. Le rondaba la certeza terrible de haber perdido algo importante durante esos días, de haber cometido algún error imperdonable que hacía que se sintiera incomprendida y abandonada de nuevo a su libertad eterna. Quizá tan solo era ese maldito sueño esquivo que no le daba las respuestas y la dejaba desamparada a merced de sus pensamientos.

Entre los vapores del baño observó su rostro, su cuerpo entero en el espejo, y esa tristeza profunda que sabía que llevaba dentro emergió de repente; lloró, lloró tanto que ya no le importaba el sueño, ni lo que había perdido, si es que había perdido algo. ¿Qué era lo que se quedaba atrás? ¿Era él? ¿Lo habría perdido a él? ¡Qué más daba ya! Empezaría de nuevo tal y como estaba acostumbrada desde siempre. Lloró y lloró, lloró mil veces hasta que el agua la limpió por dentro y como por ensalmo, se desvaneció el miedo.
Aún estaba allí, fuerte y hermosa, cada vez más brillante; el mundo frío y la oscuridad perenne no estaban hechos para ella. Todavía no, quizá más adelante el brillo desapareciera, pero todavía no.


Texto: Zoraida A.M.

Fotograma de la película"El pacto de los lobos".

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