martes, 10 de mayo de 2016

El hechizo de la ciudad antigua



Hay ciudades que están concebidas para impresionar desde el mismo instante en que la mirada las descubre. Porque si la naturaleza es la esencia de lo bello, es en las ciudades antiguas donde se muestra la grandeza de los saberes que es capaz de albergar la mente de los hombres y todos sus demonios. Es en el casco antiguo de la ciudad con historia donde se mezcla lo más espléndido y miserable de la existencia humana sin disfraz posible; el bullir de la juventud alegre y la vejez serena, la despreocupación de la novedad efímera y la solidez de lo asentado durante siglos, ecos de refinada cultura y la más feroz ignorancia; mendigos alcoholizados en las escalinatas de los monumentos, viajeros cultos impregnándose de cada detalle, turistas zafios fotografiándolo todo sin mirar de verdad, artesanía de calidad y recuerdos baratos de la última producción de dibujos animados, el verdín de lo que se va pudriendo y la asepsia de lo que está nuevo.
Pero si uno es capaz de dejarse llevar por el hechizo que la ciudad antigua ejerce sobre el espíritu, puede sentir de verdad que se integra en lo hermoso de las construcciones, que asume sus símbolos y enseñanzas, que es capaz de experimentar las vivencias de quienes dejaron ese tesoro para las generaciones venideras, que entiende el significado de los templos donde se encerró la creencia de lo divino y el hombre trascendió de sí mismo, y de esa manera, por puro mimetismo, uno también se vuelve hermoso y sabio y trascendente, por un tiempo breve o como un nuevo itinerario de vida escogido para siempre.


Texto y fotografía: Zoraida A.M.

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